Se agita en la camilla. Debería haberse negado, pero el deseo de ayudar
ha definido la elección afirmativamente.
Ahí está ella, sentada frente al mundo.
Hay varias bolsas vacías y ve pasar algunas llenas del divino suero.
Su amigo le aseguró que es sencillo, que tiene que aflojar el brazo, cerrar los ojos y dejar al enfermero trabajar, que sólo tiene que convidar un poco de su sangre. Unos minutos y pasa.
Estira su mano, cierra el puño y espera. El enfermero se acerca y le sonríe. Ella lo sigue con los ojos y alterna su mirada con el espectáculo que ofrece la aguja vulnerando la precaria defensa que intenta su carne.
El líquido púrpura sale con esfuerzo y la embelesa. Siente el vahído
y se deja transportar a evocaciones de antiguas agonías.
En esos minutos de suspensión, ella cauteriza varias vidas pasadas y
a través de esa poción de abolengo y castas que derrama extasiada,
vienen a ella navajas, calvarios, brujas y verdugos.
Presente y pasado se intercalan estroboscópicos en el altar de su letargo.
Intenta instalarse en la realidad, quiere no desestimar el mareo
y se incorpora. Prefiere no sentir el sabor del desmayo.
Teme que desangrarse, termine por gustarle.