Ambrosía

By Laviga

Se agita en la camilla. Debería haberse negado, pero el deseo de ayudar
ha definido la elección afirmativamente.
Ahí está ella, sentada frente al mundo.
Hay varias bolsas vacías y ve pasar algunas llenas del divino suero.
Su amigo le aseguró que es sencillo, que tiene que aflojar el brazo, cerrar los ojos y dejar al enfermero trabajar, que sólo tiene que convidar un poco de su sangre. Unos minutos y pasa.
Estira su mano, cierra el puño y espera. El enfermero se acerca y le sonríe. Ella lo sigue con los ojos y alterna su mirada con el espectáculo que ofrece la aguja vulnerando la precaria defensa que intenta su carne.
El líquido púrpura sale con esfuerzo y la embelesa. Siente el vahído
y se deja transportar a evocaciones de antiguas agonías.
En esos minutos de suspensión, ella cauteriza varias vidas pasadas y
a través de esa poción de abolengo y castas que derrama extasiada,
vienen a ella navajas, calvarios, brujas y verdugos.
Presente y pasado se intercalan estroboscópicos en el altar de su letargo.
Intenta instalarse en la realidad, quiere no desestimar el mareo
y se incorpora. Prefiere no sentir el sabor del desmayo.
Teme que desangrarse, termine por gustarle.

Escribe un comentario